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El diablo viste a la moda

18/Oct/2018 | Por: Mtro. Roberto Valencia | robertovalenciaaguirre@gmail.com


Lo que sucede en Roma no es ninguna novedad. En la historia del cristianismo han existido auténticas crisis como la que atestiguamos hoy, aderezadas con la presencia de dos Papas, Benedicto XVI y Francisco. La novedad es la comunión y la fraternidad de estos pontífices. No la pugna o excomunión como aquella protagonizada en el Concilio cadavérico (synodus horrenda) en la que el Papa Esteban VI, excomulgó el cadáver del Papa Formoso en el año 897. Fue una crisis de liderazgo.

Francisco enfrenta los asuntos no resueltos por sus antecesores. Ya habían desatado el furor de los sectores anticristianos señalando con dedo acusador al Papa romano. Está vez sumando la dolorosa llaga de los escándalos sexuales de los miembros más altos del clero y de los curas de a pie. Ninguna orden religiosa ha quedado sin salpicarse de estas llagas y el justo clamor de las víctimas inocentes que vieron pasar los años sin que nadie los tomara en cuenta a pesar de sus repetidas denuncias. Arma de doble filo, los medios de comunicación jugaron un papel preponderante, tanto para denunciar pero también para linchar a unos y otros sin importar que en algunos casos, los señalamientos fueran infundados. Es una crisis de miseria moral de los miembros del clero.

Esta crisis se agudiza por un refinado pero recalcitrante clericalismo que permea seminarios, colegios, parroquias y todo ámbito del catolicismo. Con tal escenario, los seminaristas o religiosos no han sido considerados seriamente cuando han solicitado a sus superiores abrir al discernimiento comunitario al interior de las comunidades, los temas de pedofilia, abuso, acoso, violación, homosexualidad, amasiato… y las diversas formas de perversión relacionadas con la sexualidad y el declive de la vida espiritual del clero. Pero Francisco sí los ha tomado en serio.

Parece ser que aún faltan varios episodios de escándalos hasta que termine de purificarse el cuerpo apostólico de la iglesia. Hay más pus que requiere sanar.

En la edad media se decía que “el diablo habita en la sacristía”. Allí agazapado entre el incienso y las delicias de la liturgia cómoda y perfecta, sin faltar a ninguna coma de la ley, muerde una y otra vez las carnes de los consagrados con descaradas tentaciones y aberrantes pecados. El jesuita Carlos Domínguez, ha denominado a este proceso que culmina en un delito abierto amén de un pecado mortal, el “dinamismo del ocultamiento” que es algo así, como la “fe en el laberinto de los deseos”.

El tema de fondo es el celibato sacerdotal y el Papa Francisco lo sabe muy bien ¿Son felices los cristianos? ¿Son felices los hombres y mujeres consagrados a Cristo? ¿Qué les impide serlo? ¿Qué está detonando estas noticias horrendas, la soledad, la ausencia de relación de pareja, una mala educación sexual en los seminarios? Es relativamente fácil culpar al ambiente hedonista que vemos por todas partes reflejado en un relativismo moral: “Todo se vale”. La teoría de género irrumpe con sus ideas de fondo ultraconservadoras a quien no comparta sus enclenques teorías de realización humana y topa de frente con el celibato como modo escandaloso de entrega radical el “fuga mundi”. Si unos quieren ejercer su sexualidad de manera promiscua y camaleónica y otros quieren vivirla en parámetros diferentes de entrega buscando otros tesoros invisibles ¿Qué decisión tomar?

Francisco decidió tratar en su agenda estos temas abiertamente buscando llevarlos al terreno de lo pastoral y no de la teología dogmática, de la psicología o de los Derechos Humanos. Busca empoderar al pueblo católico creyente. Concientizarlo en primer lugar, que este es un asunto de todo el cuerpo eclesial, no sólo de sus consagrados y las víctimas. Hablar abiertamente y dar principios pastorales, de acogida, de comprensión e inclusión, es fundamental para la fe católica. Pero también lo es la justicia. Expulsar miembros, someterlos a los tribunales eclesiásticos y civiles, reparar el daño, entrevistarse con familiares y afectados, es parte de la cicatrización de la herida. Quedan pendientes orientaciones y directrices para los superiores mayores, obispos y rectores de colegios y seminarios. Abundan protocolos para el tratamiento de los sacerdotes con menores e infantes, por fortuna cada vez son más las capacitaciones respecto al tema. Cierto que sin vocación, ni oración, ni vida espiritual, la iglesia seguirá desmoronándose.

La moda espiritual hoy, es no comprometerse, “consumir sacramentos”, lucir la fe en redes sociales rezando el rosario o yendo a misa, licuar todo, licuar la fe con la moda del mundo. El diablo gozándose de exhibir al Cristo ensangrentado, nuevamente salta al escenario, para burlarse y humillar lo más preciado del catolicismo: la figura de Pedro. Si en verdad es la iglesia de Dios, que venga su Dios a salvarla, vociferan en redes sociales como hace dos mil años con el Cristo en Cruz. Vemos a Pedro en silencio cargar con la cruz de los pecados de muchos, como el buen pastor, cumpliendo la encomienda de Jesús “apacienta y confirma a tus hermanos”.

En el Concilio Vaticano II, allá en los años sesenta hubo una gran desbandada de sacerdotes por los cambios en la liturgia y en la misión de la iglesia. Hoy atestiguamos la desbandada de católicos a los que algunos llaman “apostasías colectivas”, renuncias, salidas, huidas. La Reforma del siglo XVI nos enseñó que los grandes cambios de la iglesia vienen de dentro, de la fidelidad de sus miembros, los pocos que queden, pero fieles. Ignacio de Loyola, Teresa de Ávila, San Juan de la Cruz frente a quienes renunciaban dejando estelas de resentimiento. Amar a la iglesia, sentir con ella, hacerla nuestra, cambiarla desde dentro, parece ser el camino.

El diablo viste a la moda nuevamente. El film exquisito del director David Frankel, estrenada en el 2006 y que mereció el Oscar a la mejor actriz nos permite apreciar el ambiente seductor de la moda, lo pasajero, lo efímero, lo que tiene un precio enorme, pero carece de valor. Consumir lo “fashion”, lo “in” “la moda espiritual”… saltando de un lado a otro sin fundamentos, solo por que…está de moda. El diablo nunca supo de fidelidad, ni de amor, ni de paciencia, mucho menos de sufrimiento o entrega. Por ello el llamado de auxilio del Papa Francisco pidiendo a todo creyente en el mundo, orar y combatir el odio contra la fe, pues el demonio quiere ensañarse con su iglesia. La película protagonizada por la genial Meryl Streep interpretando a “Miranda” nos deja también una sabrosa enseñanza. Después de la sacudida a su ayudante “Andy” (Anne Hathawey), el diablo seguirá con sus modas buscando a quien vender sus ideas y modelos pero no todos sucumbirán a las apariencias de sus encantos. El combate entre el bien y el mal, seguirá ¿Cuál moda seguiremos, la del bien o la del encantador mal?

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